Caso Femicidio María Belén Bernal: Mi participación en la defensa y la absolución por acusación de femicidio
- José Ignacio Miranda Cifuentes

- 27 mar
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 30 abr
Cuando el Derecho Penal cede ante la presión… alguien inocente paga el precio
Hay casos que no deberían existir. No por su complejidad jurídica, sino por lo que revelan de nosotros como sociedad.
El femicidio de María Belén Bernal fue uno de esos.Pero no por el crimen —que ya es suficientemente brutal—, sino por lo que vino después: la necesidad desesperada de encontrar más culpables de los que realmente existían.
Yo fui parte del equipo de defensa técnica que patrocinó al oficial que se encontraba en el mismo piso donde ocurrió el hecho.
No en la habitación.
No en la escena inmediata.
En el mismo bloque.
Y eso bastó para que el sistema decidiera que debía responder como si hubiera estado ahí dentro.
En ese momento, formaba parte de uno de los estudios jurídicos más prestigiosos del país, especializado en defensa penal.
Y aun así —o precisamente por eso— sabíamos lo que estaba en juego: no solo un caso difícil, sino un caso donde la presión podía deformar el derecho.
Así empieza todo en Ecuador: con una sospecha… que luego se convierte en teoría… y finalmente en acusación.

Audiencia en uno de los casos penales más relevantes del país.
La madrugada que lo cambió todo
La madrugada del 11 de septiembre de 2022, mientras en una habitación de la Escuela Superior de Policía se consumaba un crimen atroz, el resto del edificio permanecía en una normalidad engañosa.
Mi representado —un oficial de apenas 27 años, con una carrera prometedora y un historial impecable— estaba en su habitación.
Descansando.
Después de una jornada extenuante.
Como cualquier ser humano.
Pero para la Fiscalía, eso no era suficiente.
Construyeron una historia distinta: que escuchó los gritos, que entendió lo que ocurría, que decidió no intervenir y que, en consecuencia, su silencio lo convertía en responsable del resultado muerte.
No lo acusaron de un delito menor.
Lo acusaron como autor por comisión por omisión del delito de femicidio.
Treinta y cuatro años de prisión.
Treinta y cuatro años para un joven de 27.
Así de brutal era la tesis.
El peligro de un “debió haber”
Toda la imputación giraba sobre una idea tan débil como peligrosa: “debió haber escuchado”.
Y en Derecho penal, cuando empiezas a construir desde el “debió”, lo que sigue es arbitrario.
Porque de ahí pasas a: debió saber.
Luego: debió actuar.
Y finalmente: si no lo hizo, es culpable.
Sin prueba.
Sin certeza.
Sin límite.
Ese era el caso que enfrentábamos.
Y ese era el riesgo real: no solo perder el juicio, sino validar una forma de imputar que convierte cualquier omisión aparente en delito.
El juicio: donde el relato se rompe
La Fiscalía llegó al juicio con una narrativa potente y emocionalmente irresistible.
Gritos.
Auxilio.
Proximidad.
Deber policial.
Pero el Derecho Penal no se gana con narrativa.
Se gana con prueba.
Y ahí entramos nosotros.
Yo asumí personalmente uno de los momentos más críticos del juicio: el contrainterrogatorio del perito en acústica.
Porque entendía algo que no todos comprenden: ese no era un detalle técnico. Era el corazón del caso.
Si los sonidos eran comprensibles, había conocimiento.
Si había conocimiento, había deber.
Si había deber, había omisión.
Así de simple.
Así de peligroso.
Conduje el contrainterrogatorio hacia ese punto, sin distracciones, sin adornos. Solo precisión.Hasta que llegó la pregunta que separa la libertad de la cárcel:
“¿Puede usted afirmar, con certeza científica, que esos sonidos eran entendibles desde la habitación de mi defendido?”.
El perito dudó. Revisó. Pensó. “No”.
“No tengo más preguntas.”
Dije.
En ese instante lo sentí. No fue una intuición, fue certeza: la acusación se acababa de caer.
Todo ese edificio construido sobre suposiciones, presión mediática y un “debió haber”… se vino abajo en una sola respuesta.
Lo que realmente probamos
Mientras afuera el país ya había decidido quién debía pagar, adentro hicimos lo que corresponde en un juicio penal serio: probar.
Probamos que mi representado estaba en una fase de sueño profundo.
No una suposición: evidencia médica.
Probamos que los sonidos no eran inteligibles.
No comunicaban un mensaje de peligro.
Probamos que la estructura del edificio impedía una transmisión clara.
Y probamos que, cuando percibió algo inusual, actuó inmediatamente.
Reportó.
No omitió.
Cumplió.
Pero claro, esa versión no genera titulares.
El verdadero problema
Este caso no solo trataba sobre un crimen.
Trataba sobre algo más peligroso: la facilidad con la que el sistema puede extender la responsabilidad penal para satisfacer expectativas sociales.
Porque cuando empiezas a condenar por lo que alguien “debió haber hecho”, ya no hay límites.
Y cuando no hay límites, el Derecho Penal deja de ser Derecho… y se convierte en venganza.
La sentencia: cuando el derecho pone orden
Al final, el Tribunal hizo lo que debía hacer desde el inicio: exigir prueba.
Al no existir conocimiento del riesgo, ni posibilidad real de actuar, ni voluntad de omitir, la conclusión era inevitable:
Inocente.
No por falta de gravedad del caso.
Sino por falta de participación, no hubo omisión.
Que es lo único que importa.
Y entonces ocurrió algo que no está en la sentencia, pero que define todo.
Al finalizar la audiencia, la madre de mi defendido se acercó.
Llorando.
No con alivio contenido, sino con ese llanto que solo aparece cuando entiendes que acabas de recuperar a tu hijo.
Un joven de 27 años.
Un oficial brillante.
Una vida que estuvo a punto de ser enterrada bajo una teoría mal construida.
No dijo mucho. No hacía falta.
Ese momento vale más que cualquier argumento jurídico.
Mi experiencia
Yo no estuve ahí para acompañar.
No estuve ahí para observar.
Estuve ahí para defender.
Fui parte de una defensa que enfrentó una de las acusaciones más agresivas que puede construir el Derecho Penal: equiparar a un tercero con un autor de femicidio por no haber hecho algo que nunca pudo comprender.
Porque en los casos difíciles —los de verdad— no gana quien grita más fuerte.
Gana quien entiende mejor el Derecho.
¿Que puedo hacer por usted?
Si usted está enfrentando un proceso penal donde ya parece existir una verdad antes del juicio, entienda esto: esa “verdad” no es definitiva.
Pero tampoco se cae sola.
Se cae con estrategia.
Se cae con técnica.
Se cae sabiendo exactamente dónde golpear.
He defendido en escenarios donde todo estaba en contra —presión mediática, acusaciones agresivas, riesgo real de condenas máximas— y aun así hemos logrado lo único que importa: resultados.
Porque la libertad no se negocia.
Se defiende. Y se defiende bien.



¿Cómo puedo contar con su defensa?