Cuando una niña dibuja lo que no puede decir
- José Ignacio Miranda Cifuentes

- 6 abr
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 30 abr
Hay casos que no empiezan con una denuncia.
Empiezan con un dibujo.
Un trazo repetido.
Una figura que insiste.
Algo que no encaja.
Alguien lo ve.
Y decide no ignorarlo.
Así empiezan muchos casos de violencia sexual contra niñas:
no con pruebas perfectas,
sino con señales.

Hace años, cuando empezaba mi carrera, trabajé con fundaciones que patrocinaban a niñas víctimas.
Ahí entendí algo que el Derecho todavía no termina de asumir:
en estos casos, la verdad no llega ordenada.
Llega fragmentada.
Recuerdo uno en particular.
Dos hermanas.
Gemelas.
Doce años.
Ambas madres.
Ambas producto de una violación.
No fue una denuncia inmediata.
Fueron chequeos médicos.
Protocolos activados.
Alguien decidió escuchar.
El agresor era el padrastro.
Y fue condenado.
Pero antes de eso vino lo de siempre:
La duda.
Porque estos casos incomodan al sistema.
No hay cámaras.
No hay testigos.
No hay escenas limpias.
Hay dibujos.
Pesadillas.
Cambios de conducta.
Informes escolares que registran lo que la víctima no puede decir de otra forma.
Relatos que no son lineales, pero que vuelven siempre a lo importante.
Y ahí empieza el problema.
En uno de los últimos casos que patrociné, la víctima era una niña.
El procesado, un primo.
Casi siempre es alguien cercano.
Y la estrategia del procesado fue la de siempre.
Sembrar duda.
Decir que la niña había sido manipulada.
El argumento llegó con apariencia técnica.
Un metaperitaje.
Un metaperitaje —o auditoría forense— sirve para revisar el trabajo de otro perito.
No evalúa a la víctima.
Evalúa la pericia: sus métodos, su rigor y sus conclusiones.
En teoría, es un mecanismo de control.
Una forma de verificar que la prueba pericial sea seria.
Un mecanismo para sembrar la duda.
En la práctica, muchas veces se usa distinto.
En estrategias de defensa de agresores, estos informes suelen aparecer al final de la instrucción.
El último día.
Cuando ya no hay posibilidad real de contrastarlos durante la investigación.
Y entonces el proceso se reduce a eso:
llegar al juicio con un informe que no evaluó a la víctima,
pero que pretende desacreditarla.
Ahí, el margen se estrecha.
Porque ya no hay tiempo para otra pericia.
No hay tiempo para reconstruir el análisis.
Solo queda una herramienta:
el contrainterrogatorio en juicio.
En este caso, sin evaluar a la niña, se concluía que su testimonio no era confiable, que había contradicciones, que no existía afectación psicológica
Lo más grave, se afirmaba que había sido manipulada.
Eso no es prueba.
Es la duda convertida en estrategia.
Recuerdo el contrainterrogatorio.
Fue breve.
¿Evaluó a la niña?
No.
¿Aplicó pruebas propias?
No.
¿Tuvo acceso completo a la información?
No.
Y aun así, concluía que no existía afectación psicológica,
que la niña mentía.
Ahí el discurso técnico se cae.
Porque en estos casos la discusión no es si la prueba es perfecta.
Es si es suficiente.
Casos recientes han vuelto a exponer el mismo patrón.
La duda no como herramienta de análisis,
sino como estrategia para deslegitimar a la víctima.
Aquí está el punto que el sistema debe entender:
estos delitos ocurren en la clandestinidad.
Por eso la prueba no es perfecta.
Por eso el relato no es lineal.
Por eso la memoria no es exacta.
El trauma no organiza.
Fragmenta.
Y exigir precisión absoluta no es rigor.
Es desconocer cómo ocurren estos hechos.
No es una presunción automática.
No es creer por defecto.
Es entender cómo se prueba lo que ocurre en la clandestinidad.
Eso significa algo simple:
no se busca un relato perfecto,
se busca un relato creíble.
¿Y qué hace creíble un testimonio?
Que no existan razones para mentir.
Que sea coherente en lo esencial, aunque no en cada detalle.
Que se mantenga en el tiempo.
Que encuentre respaldo en el contexto: conducta, entorno, informes médicos y psicológicos.
Ese es el estándar.
No los vacíos.
No las imprecisiones.
No lo accesorio.
No la duda.
Con una defensa especializada en patrocinio a víctimas, estos estándares no son teoría.
Son estrategia.
Y los casos se ganan con estrategia.
Y cuando se aplica correctamente el estándar, lo fragmentado empieza a tener sentido.
El tribunal lo entendió.
No porque todo fuera claro.
Sino porque lo importante era claro.
Pero el proceso fue revictimizante.
Como casi siempre.
Porque el sistema no solo duda.
Duda mal.
Y esa forma de dudar —muchas veces disfrazada de técnica— termina protegiendo al agresor, no a la víctima.
En el caso de las gemelas, todo empezó porque alguien decidió actuar.
Esa sigue siendo la diferencia.
Entre un sistema que protege
y uno que sospecha.
Casos recientes han vuelto a exponer el mismo patrón.
La duda, no como herramienta de análisis,
sino como estrategia para deslegitimar a la víctima.
En estos casos, el Derecho no puede deshacer lo ocurrido.
Pero puede hacer algo indispensable:
reconocer, nombrar y sancionar.
Porque detrás de cada expediente hay una historia.
Y detrás de cada historia,
una niña que intentó decir lo que no podía explicar.



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