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El perro Messi usado para entrenar peleas: Crueldad animal, el delito que el Estado no persigue.

  • Foto del escritor: José Ignacio Miranda Cifuentes
    José Ignacio Miranda Cifuentes
  • 17 abr
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 30 abr


El perro no ladraba.

No podía.

Estaba amarrado a un árbol.

Le habían enseñado a sangrar.


Se llama Messi.



No peleaba: lo usaban para que otros aprendieran a hacerlo.

Para morder, para desgarrar, para perder el miedo a la sangre.


Fue rescatado después de haber sido convertido en herramienta de crueldad.


No en animal.

En herramienta.


Ese detalle —estar amarrado a un árbol— no es anecdótico.

Es método.

Así se entrena la violencia: inmovilizando a uno para perfeccionar la agresión de otros.


La noticia duró lo de siempre:

un par de días de indignación.


Porque en Ecuador, la crueldad tiene fecha de caducidad.

Y la impunidad, en cambio, permanece.


Lo que le hicieron a Messi no es un exceso.

Es un delito.


El Código Orgánico Integral Penal no deja dudas.


El artículo 249 sanciona las lesiones a animales de fauna urbana con penas de dos a seis meses de prisión, agravables cuando hay crueldad.


El artículo 250.2 tipifica las peleas entre animales, incluyendo a quien entrena, organiza o promueve, con penas que pueden llegar hasta tres años de prisión.


Y cuando la violencia termina en muerte —como suele ocurrir en estas prácticas— entra el artículo 250.1, con penas también de hasta tres años.


No hay vacío legal.

No hay ambigüedad.

Hay ley.


Lo que no hay es investigación.


Y cuando no hay investigación, lo que hay es impunidad.


Porque detrás de estas peleas no hay solo crueldad.

Hay dinero.


Las peleas de perros no son impulsos.

Son negocio.


Apuestas.

Redes.

Organización.


Una economía criminal que funciona precisamente porque nadie la desmantela.

 

Y eso cambia la discusión.


Ya no se trata solo de maltrato animal.

Se trata de criminalidad tolerada.


Pero nada de eso aparece en la conversación pública.


No se habla de investigaciones abiertas.

No se habla de imputaciones.

No se habla de responsables.


Se habla de indignación.

Y esta bién, alguien debe alzar la voz por los que no pueden hablar.


Pero la indignación no procesa a nadie.


Porque este caso no es solo penal.

Es constitucional.


En Ecuador, los animales dejaron de ser cosas.


La Corte Constitucional del Ecuador, en la sentencia No. 253-20-JH/22 (caso “Mona Estrellita”), estableció que los animales son sujetos de derechos.

Eso no es retórica.

Es una obligación.


El Estado no solo debe reaccionar.

Debe prevenir.

Debe investigar.

Debe sancionar.


Porque cuando un perro aparece amarrado a un árbol para ser usado como instrumento de violencia, el sistema ya falló.

No en ese momento.

Mucho antes.


Messi no es un caso aislado.

Es evidencia.


Evidencia de que el problema no es la ley.

Evidencia de que el problema es que no se aplica.

Evidencia de que la falta de investigación garantiza la impunidad.


Messi ya fue rescatado.

Pero el Derecho no se mide en rescates.

Se mide en consecuencias.


Y en este caso, la consecuencia que falta es evidente:

una investigación real.


Porque sin investigación no hay proceso.

Sin proceso no hay sanción.

Y sin sanción, no hay justicia.


Messi sobrevivió.


Y queda una duda incómoda:

no se sabe qué es más duro,

si la crueldad…

o la impunidad.






 
 
 

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